Historia de una francesa y una camarera en algún lugar

Nunca sabes con quién te vas a topar, ni en qué lugar tendrá lugar el encuentro, ni tan siquiera cómo afectará a tu vida. No esperaba encontrarla en esa cafetería, sobre la que no daré más detalles, pero supe que esa mujer tenía algo especial y no era solo su mirada, sino lo que expresaba con palabras endulzadas con acento francés.

 

Veréis, yo me encontraba trabajando, aburrida, colocando tazas a mi gusto, limpiando la cafetera y con la mirada perdida hasta que:

__ Disculpa, ¿me puedes poner un café con leche? Corto de café por favor.

__ Faltaría más, marchando – Y una sonrisa cordial. – Comenzó una conversación, el café era para entrar en calor ya que sufría hipotermia, bueno, en proceso exactamente. Le pregunté por qué, a qué se debía si hoy no hacía tanto frío. Entonces me enseñó su pelo, estaba mojado, de la humedad que deja la sal. Había estado en la playa. Sí.

__ Nado largas distancias, soy mayor pero me encanta desde que era niña. Hoy he ido con mi médico personal. – No me lo esperaba para nada. La miré, sin juzgarla, solo admirándola, me gusta la gente que conecta con la naturaleza. Y de tanto hablar olvidé que tenía la leche calentándose.

__ ¡Cuidado! – Me dijo, claro, estaba saliéndose la leche por la jarra. Qué desastre. Esto me pasa por preguntar, por entretenerme, una nunca deja de ser la periodista que es.

__ Soy un desastre, esto me pasa por no callar, es para que aprenda – Rió. Después de servirle el café me dijo que mirara al niño que había en la puerta. ¿Qué niño? Me dije.

__ No le veo… 

__ ¿Cómo que no? Mira la cesta, presta atención. – Y allí estaba, un pequeño chihuahua en un cesto de playa color arena. Cómo no, salí a verle, a acariciarle, a olvidar mi trabajo, a despejarme un rato en la calle. Da igual el animal que sea, que muerda o que me pegue las pulgas, siempre voy a ir a acariciarlo. Allí estaba yo, y ella me dijo:

__ Se llama Dalí.

__ Oh Alí, que bonito nombre tienes.

__ No, no, Dalí, Dalí como…

__ Como el pintor. – Le interrumpí.

__ Como el pintor sí. – Volvió a sonreír. – Y tengo cuatro chihuahuas más. Uno se llama Gauguin, otro Renoir…

__ Otro Monet, no me diga más. – Volvió a reír.

__ A veces le llamo Manet. – Esta vez reí yo, qué original. Todos pintores, todos increíbles, todos representan la conexión, la pasión a través de un pincel. Todos hacían obras, y qué obras. No obstante, no me acuerdo como se llamaba el último chihuahua. Hablamos de impresionismo, de arte en general. Una francesa en mi cafetería y una «camarera» que sabía de historia de arte. Conecté con ella, y eché de menos saber, como sé, que jamás volveré a verla.

¿Cómo llamarás al próximo chihuahua? Espero que todo vaya bien desconocida, porque no sé tu nombre, vaya gracia que sí sepa el de tus pequeñajos. Siga nadando y gracias por darme un respiro magnífico.

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