Corazón de bosque en el corazón del bosque

Hoy en día, el día a día, se resume en una banal rutina donde hacemos como que somos y olvidamos quienes somos. Mientras tanto nuestro espíritu entristece, se queda al margen y nos espera, pacientemente. Sin embargo hay ocasiones en las que “algo” dentro de nosotros ruge, pidiendo libertad, lleno de sed de vida, aúlla ferozmente. Es el momento exacto en el que sentimos la llamada siendo plenamente conscientes de que esa voz, ese rugido, es nuestro instinto.

“Necesito respirar”, “necesito ir al bosque”, “necesito salir de aquí”, “necesito irme lejos”, “necesito huir”. Probablemente te suene familiar escuchar eso dentro de ti y, tranquilo, es absolutamente normal. Tu alma lo que necesita es conectar con la naturaleza que le ha sido arrebatada por la evolución de su propia raza, por su mala costumbre de hacerlo todo fácil, deprisa y corriendo, y olvidarse por supuesto, de lo esencial.

Acudimos a los bosques a por paz, a por silencio, a por ausencia y a por tantas otras muchas cosas que solo uno es conocedor de todas ellas y es increíble lo que varían dependiendo del individuo. Pero todas tienen en común que huyen del ruido de los coches para poder oír el cantar de los pájaros y la voz del viento susurrando entre las ramas de los árboles.

Conectar con la naturaleza nos hace ser, nos hace sentir vivos, corre por nuestras venas cierta magia, magia que a veces pensamos que única y exclusivamente se encuentra en las novelas de ficción. Y nos equivocamos, como en tantas otras muchas cosas. El mundo no es nuestro, sin embargo nosotros somos del mundo. Y cuando la madre tierra nos llama es absurdo resistirse y si es necesario el destino variará para acudir.

Y en pleno corazón del bosque nuestro corazón de bosque late y vive como si fuera la primera vez que viera el mundo. Como si acabara de nacer y verdaderamente, renace. Se hace y vuelve a hacer. Reconecta ese vínculo olvidado, lejos del mundanal ruido y se deja llevar. Porque, cómo no dejarse llevar por lo que es uno mismo. Y así siempre, cada vez más consciente de que madre sí hay más que una y de vez en cuando ha de irse a visitar. Cosas de brujas, almas de ciervas.

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